Acapulco fue el escenario para una nueva visita del
presidente Enrique Peña Nieto.
El motivo: anunciar una reestructuración de la estrategia
para revertir la tendencia de hundimiento del estado que dejó el anterior
gobernador.
El escenario fue propicio no solo para que El Elegido le
echara su porrita y le reconociera el apoyo incondicional que ha recibido desde
antes de iniciar su administración y hasta la fecha.
Pero el discurso también le sirvió a El Elegido de catarsis,
de desahogo y, por qué no decirlo, para ponerle los puntos a las íes. Vea
usted:
“… Es histórico lo que vivió Guerrero en los últimos 15
meses: una circunstancia política, social y económica también sin precedentes.
Un deterioro institucional que colocó a un gobierno casi inexistente ---leyó
bien… un gobierno casi inexistente…--, y que a cualquier asunto, a veces sin
ser problema, se convertía en conflicto”.
“Un quebranto en las finanzas públicas y la presencia de
altos índices de violencia que nos ha colocado reiteradamente en notas
nacionales. Ese, señor Presidente, es el Guerrero que hace 77 días recibí, pero
también es el Guerrero que la gran mayoría de hombres y mujeres de esta tierra
no queremos”.
Y para rematar: “En los primeros 77 días de mi gobierno, mi
mayor interés ha sido popiciar que el gobierno exista y que el gobierno, entre
sus tres poderes, se coordine”. El Elegido dix
it.
Ante tales argumentos, no más comentarios. Se lo dejo a
usted.
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